1 Feb 2026, dom

El asfalto se extendía como una lengua negra y húmeda bajo la luz grisácea que no parecía venir de ningún sitio concreto. No había sol, ni luna, solo esa claridad opaca, eternamente crepuscular. Las líneas blancas pasaban bajo el coche con un ritmo hipnótico y monótono, un tictac visual que marcaba el paso de una eternidad vacía. Lucas había perdido la cuenta de las horas, de los días quizá. El marcador de gasolina permanecía inmóvil, justo por encima de la mitad, desde que todo comenzó. La radio no emitía más que un silbido plano, un sonido de vacío cósmico que había aprendido a ignorar.

Al principio, creyó que era una carretera desierta, una mala suerte pasajera. Pero pronto notó la presencia. No la veía, no la oía, pero la sentía como una presión en la nuca, un frío que se colaba por la ventanilla cerrada. Era la sensación inequívoca de ser observado, de ser seguido paso a paso. Miró por el espejo retrovisor por centésima vez. La autopista, recta hasta perderse en la bruma, estaba vacía. Siempre vacía. Sin embargo, el instinto le gritaba que algo venía detrás, pisando sus huellas, manteniendo exactamente su velocidad, oculto en su punto ciego. Apretó el acelerador. El motor rugió, pero el paisaje inmutable no cambió, ni una curva, ni una señal, solo más asfalto, más líneas, más niebla gris. La sensación de persecución se aceleró con él, manteniéndose a la misma distancia fantasmal.

El pánico se instaló, un huésped silencioso en el asiento del copiloto. Comenzó a hablar consigo mismo, a gritar, a suplicar que apareciera algo, cualquier cosa: una gasolinera, un cartel, otro coche. Solo recibió el eco de su propia voz, ahogada por el zumbido de los neumáticos y el silbido de la radio. Una vez, creyó ver unas luces rojas adelante. Al acercarse, no eran más que los reflejos de sus propios faros en un banco de niebla más densa, que se disipó para burlarse de él. La entidad que lo seguía, en cambio, nunca se disipaba. Era una certeza visceral, un parásito en su mente. Empezó a cuestionar todo: si realmente estaba acelerando, si el coche se movía o era el mundo el que desfilaba alrededor de un vehículo estático. Solo la presión en la nuca, constante y creciente, le confirmaba que aún había un “avance”, y una “persecución”.

El final llegó sin aviso. La autopista simplemente se detuvo. No en un precipicio o una pared, sino que la niebla se espesó hasta volverse sólida, algodonosa, y el coche se deslizó en ella hasta detenerse por completo, sin sacudida. El motor calló. El silencio fue absoluto, más aterrador que cualquier ruido. Lucas, con el corazón martilleándole los oídos, miró desesperado a su alrededor. Entonces, por primera vez, vio movimiento en el espejo retrovisor. Algo se materializaba en el asiento trasero. No una forma clara, sino una distorsión de la luz, una sombra sentada. Y comprendió, con un horror que le heló la sangre, que la mirada que sentía en la nuca no venía de fuera del coche. Venía de atrás. Desde siempre.

Con un esfuerzo sobrehumano, forzó sus músculos paralizados y giró la cabeza para enfrentar lo que llevaba todo ese tiempo con él. Y en ese instante de giro, la percepción se quebró como un espejo. No estaba mirando hacia el asiento trasero. Estaba mirando hacia un lado, a través de la ventanilla del pasajero. Sus manos no estaban en el volante. Yacían inertes sobre sus muslos. Delante de él, en el asiento del conductor, una figura imprecisa, una silueta de sombra y destellos de luz artificial, tenía sus manos firmes sobre los mandos. El paisaje de la autopista silenciosa no era un camino en su mundo, era un paisaje en un plano que él solo podía observar, un recorrido eterno que otra conciencia, en otra realidad, conducía. Él no era el conductor huyendo. Siempre había sido el pasajero, el espectador atrapado, la carga invisible de un viaje que nunca fue suyo, sintiendo por eones la agobiante presencia del verdadero conductor a su lado, un ser cuyo viaje sin fin era su única y eterna prisión.

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