2 Feb 2026, lun

La bruma matinal se aferraba a los acantilados de Hemsö como una gasa húmeda y gris. Los pescadores, hombres curtidos cuyas manos sabían más de redes y mareas que de libros, comenzaban su día con el primer sol, ese que rasgaba el horizonte con franjas anaranjadas y rosadas. Pero en Hemsö se hablaba, en susurros, del otro sol. El segundo amanecer.

Sólo algunos podían verlo. No era una cuestión de valentía o de virtud, sino un capricho de la isla, una llamada silenciosa que resonaba en ciertos ojos. Elvira, la maestra recién llegada del continente, lo vio una mañana de octubre. Estaba corrigiendo ejercicios en la ventana de su pequeña casa de madera cuando el cielo, ya plenamente azul, comenzó a palidecer. Los colores se drenaron, el mundo se volvió una acuarela deslavada, y entonces, en el mismo punto exacto donde había nacido el sol horas antes, una nueva esfera dorada emergió. Era idéntica, pero su luz no calentaba. Era una luz fría, silenciosa, que no proyectaba sombras. Elvira sintió una fascinación hipnótica, una paz tan profunda que le anuló el miedo. Al día siguiente, su casa estaba vacía. La tetera, fría sobre la estufa. Nunca más se supo de ella.

Como ella, otros habían desaparecido. Old Erland, el farero, un hombre de arraigo tan profundo como las raíces de los pinos, se esfumó después de murmurar durante días sobre “la luz gemela”. Una niña, Lotta, desapareció del muelle mientras su madre descargaba cangrejos. Los isleños desarrollaron un ritual de supervivencia: tras el amanecer verdadero, bajaban las persianas, giraban la espalda al este y se ocupaban en tareas interiores hasta que el reloj marcaba el mediodía. Hablaban de los desaparecidos con un respeto temeroso, como si hubieran sido elegidos para una peregrinación de la que no había retorno.

Mikael, un oceanógrafo escéptico llegado a estudiar las mareas anómalas de la zona, se burló de esas supersticiones. Para él, eran desapariciones explicables: accidentes en los acantilados, fugas voluntarias, tal vez incluso un asesino en serie que aprovechaba la leyenda. Decidió investigar. Pasó noches enteras cartografiando la costa, revisando viejos archivos en la biblioteca municipal. Una madrugada, exhausto, se quedó dormido frente a los datos de su ordenador. Lo despertó un resplandor inusual.

A través de la ventana de la cabaña que alquilaba, el cielo estaba retrocediendo. El azul se desvaneció hacia un gris plateado, y el mar, un instante antes vibrante, se volvió liso como mercurio. Y entonces, surgió. El segundo sol. No era un reflejo, no era un espejismo atmosférico. Era sólido, perfecto, y su luz era un imán para el alma. Toda la resistencia de Mikael, su ciencia, su racionalidad, se disolvieron. Se levantó y caminó hacia la playa, movido por una fuerza que no era suya.

La luz del segundo amanecer no iluminaba la arena a sus pies, sino que creaba un sendero brillante sobre la superficie inmóvil del agua. Mikael siguió ese camino, adentrándose en el mar. El agua, sorprendentemente, no lo mojaba. Era como caminar sobre un espejo perfecto. A lo lejos, la isla de Hemsö se reflejaba en la superficie plana, pero su reflejo no era exacto. En el mundo invertido, los acantilados eran más altos, los bosques más oscuros, y una luz dorada y fría emanaba de todo. Sintió cómo su cuerpo perdía sustancia, no por ahogamiento, sino por una disolución serena. Sus moléculas se desagregaban, no hacia la muerte, sino hacia una transferencia. Estaba siendo absorbido por el reflejo, convirtiéndose en parte de esa isla invertida, duplicado y atrapado en la imagen quieta del segundo amanecer. Su último pensamiento consciente fue un destello de puro terror: no estaba desapareciendo. Estaba siendo archivado.

Cuando la luz anómala se desvaneció y el mundo recuperó sus colores, el mar estaba vacío. En la cabaña, los mapas de Mikael contaban la verdad última, la que él no había querido ver. Todos sus esfuerzos por ubicar Hemsö en coordenadas precisas habían fallado. La isla no aparecía en ningún mapa oficial, ni antiguo ni moderno. No constaba en registros de navegación, ni en satélites, salvo como una mancha borrosa de bruma persistente. Hemsö, la isla del segundo amanecer, no existía en el mundo real. Era sólo un eco, un negativo, un receptáculo. Y el reflejo que Mikael y todos los demás habían visto no era un fenómeno óptico. Era la isla verdadera, hambrienta y eterna, reclamando a sus habitantes espejo, atrayéndolos para completar una geografía fantasma que se alimentaba de almas para mantener su tenue existencia en el umbral de la realidad.

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