La primera grieta apareció sin testigos, una línea delgada y perversa que serpenteaba desde el borde superior del espejo del recibidor. Lucas no recordaba haberlo golpeado. Al principio, apenas le dio importancia; era un viejo espejo de marco dorado desgastado, heredado de su abuela. Pero esa noche, mientras se lavaba los dientes antes de dormir, notó algo extraño. Su reflejo no movía el cepillo al mismo tiempo que él. Había un desfase de tal vez medio segundo, como un eco visual perturbador. Apagó la luz rápidamente, atribuyéndolo al cansancio.
Al día siguiente, la grieta se había ramificado. Ahora eran tres líneas que se cruzaban en el centro del vidrio, fragmentando su imagen en secciones desiguales. Y en cada fragmento, la cosa empeoró. No eran simplemente copias suyas. En el cuadrante superior izquierdo, su rostro mantenía la expresión cansada de siempre, pero en el derecho, ese otro Lucas fruncía el ceño, mirándolo con una intensidad que le erizó el vello de los brazos. El de abajo a la izquierda sonreía, pero era una sonrisa desprovista de calor, una mueca de pura burla. El último, en el inferior derecho, tenía los ojos completamente negros.
El miedo se instaló, denso y frío, en el estómago de Lucas. Intentó cubrir el espejo con una sábana, pero una fuerza inexplicable, un rechazo casi magnético, no le permitió acercarla al marco. Las noches se volvieron una tortura. Los reflejos ya no lo imitaban. Observaban. Susurraban entre ellos, moviendo los labios en silencio, mientras el Lucas real gritaba pidiendo ayuda que nadie más podía oír. El del ceño fruncido comenzó a golpear lenta, insistentemente, su lado del cristal. El de los ojos negros solo señalaba hacia Lucas, un dedo acusador que seguía cada uno de sus movimientos.
Una semana después, la hostilidad era palpable. El espejo era un panal de versiones corruptas de sí mismo. Una versión, con cicatrices que él no tenía, escupía sobre el vidrio. Otra, demacrada y hambrienta, se lamía los labios al verlo pasar. La sonrisa burlona se había transformado en una risa silenciosa que sacudía los hombros del reflejo. Y todos, todos ansiaban algo. Lucas lo sentía. Ansiaban su lugar, su aire, su vida.
La noche del escape, Lucas encontró el valor, o la desesperación absoluta, de enfrentarlos. Se plantó frente al espejo, destrozado por el insomnio y el terror. “¿Qué quieren?”, gritó, golpeando el marco. Como si hubieran estado esperando esa señal, todos los reflejos se detuvieron al unísono. Lentamente, el de la sonrisa burlona, ahora una mueca cruel, se acercó al primer plano. Levantó su mano y colocó la palma sobre la grieta central, justo frente al corazón de Lucas. Entonces, Lucas cometió el error. Impulsado por un rapto de ira ciega, él también estampó su palma contra el vidrio, en el mismo lugar.
Un frío glacial, como el de la muerte misma, ascendió por su brazo. El cristal bajo su mano cedió, no rompiéndose, sino licuándose, volviéndose viscoso y negro. Vio cómo la sonrisa del otro se ampliaba, triunfante, y cómo detrás de él, el resto de sus reflejos vitoreaban en silencio. Intentó retirar la mano, pero estaba atrapado, sellado a su contraparte. Una fuerza irresistible comenzó a tirar de él, no hacia el espejo, sino hacia adentro de sí mismo, como si su propia alma estuviera siendo extraída.
Hubo un destello cegador de dolor y confusión, una sensación de ser exprimido a través de un agujero de cerradura infinitamente estrecho. Luego, quietud.
Lucas abrió los ojos. Estaba parado frente al espejo. Pero la perspectiva era… errónea. Miró hacia abajo y vio sus manos apoyadas en el marco dorado. Del otro lado del vidrio, ahora intacto y sin una sola grieta, su habitación estaba vacía. Y entonces, en el reflejo, comenzaron a aparecer figuras. Primero una, luego otra, luego una docena. Todas con su rostro, pero desfiguradas por el odio, la envidia y la locura. Una de ellas, la de los ojos negros, se acercó al cristal y lo golpeó con furia.
Lucas, el que ahora habitaba el cuerpo real, sintió una sonrisa ajena dibujarse en sus labios. Una sonrisa burlona y fría. Dio media vuelta y examinó la habitación, su habitación, con una curiosidad nueva. Respiró hondo, sintiendo el aire pulmonar que no era del todo suyo. Del espejo a sus espaldas, llegaba el sonido sordo de golpes contra el vidrio, cada vez más desesperados. Él solo ajustó el cuello de la camisa, suavizó la sonrisa hasta convertirla en algo más convincente, y se dirigió hacia la puerta. Había mucho que hacer en su nuevo mundo, y los gritos silenciosos de los que quedaron atrapados en el reflejo múltiple serían, a partir de ahora, un simple y mudo recordatorio de su victoria.

